El año 2011 marca la memorable efeméride bicentenaria del Paraguay. Es la primera vez que habrá un festejo serio y genuino en un clima de normalidad institucional y acorde con la evolución y el avance social y político que sella la contemporaneidad del Paraguay como República. En el primer Centenario, el de 1911, el Paraguay fue sorprendido por un delicado conflicto político. Se gestaba un golpe de Estado por intermedio del coronel Abino Jara, quien desde su regreso de la academia militar en Chile, imponía sus convicciones por la impetuosidad, la fuerza y el arrojo. El resultado fue el derrocamiento del Presidente liberal Doctor Manuel Gondra. En este clima de incertidumbres el festejo del Centenario tomó el rumbo del olvido.
Una de las formas de homenajear a un país en su bicentenario es tratar de hacer un recuento histórico-crítico de su trayectoria como nación que se inicia justamente con la Independencia del Paraguay. Hace doscientos años, el 14 de mayo de 1811, el Paraguay obtenía su libertad del yugo español. El primer gobierno fue una mezcla de paraguayos y españoles. Después de proclamada la Independencia, en la tarde del 15 de mayo, de 1811, el Cuartel General, designó a dos Diputados (un civil paraguayo, el Dr. Francia y un militar español, el capitán Juan Valeriano Zeballos) quienes en compañía del ex-gobernador Bernardo de Velasco formarían un Gobierno Provisorio. Este gobierno provisorio duró apenas un mes y Velasco fue apresado por intentar realizar acuerdos secretos con los portugueses. Esta era la primera vez que el Dr. Francia aparecía abiertamente en el escenario de la política paraguaya. El 17 de junio de 1811 se va a conformar el Primer Congreso Nacional, donde se estableció una separación definitiva de Velasco del Gobierno paraguayo y la prohibición a los españoles para ocupar cargos públicos. Además, se decidió disolver al Cabildo, cuyos miembros se habían manifestado españolistas. Emerge, entonces, un nuevo gobierno cuyos miembros fueron: Fulgencio Yegros, Dr. Francia, Pedro Juan Caballero, Francisco Javier Bogarín y Fernando de la Mora (Cardozo, 1996).
El Segundo Congreso Nacional se reunió en octubre de 1813 y sus decisiones se centralizan en la elección del Consulado como nueva forma de gobierno. Recuérdese que en 1802 Napoleón Bonaparte había instituido, en Francia, el Consulado Vitalicio. La adopción del Consulado en el Paraguay, como régimen político, ya era una influencia del pensamiento político del Dr. Francia (Prado, 1996).
Los primeros Cónsules paraguayos fueron el Dr. Francia y Fulgencio Yegros, que se sucedieron en el poder. El Primer Consulado (acogido en el Paraguay mediante el Segundo Congreso Nacional) duró apenas un año en sus funciones, pero ha tenido un papel crucial y esencial para la formación del Estado nacional paraguayo en razón de que: 1) confirmó la declaración de la independencia y cambió el nombre de Provincia por el de República del Paraguay; 2) adoptó el pabellón y el escudo nacional; 3) aprobó un plan elaborado por el Dr. Francia denominado “Reglamento de Gobierno”, que a pesar de no ser una Constitución, en el sentido moderno, se constituía claramente en la base jurídica del Estado; era una especie de documento constitucional y, finalmente, 4) sentenció también que en lo venidero de celebraría anualmente un Congreso General.
Hay una pregunta clave que se puede y se debe formular: ¿Cuándo realmente nace el Estado paraguayo? Una respuesta posible es que con el Segundo Congreso Nacional (1813), que estableció el Primer Consulado (integrado por el Dr. Francia y por Fulgencio Yegros), prácticamente nacía el Estado paraguayo, al menos en el sentido formal y burocrático, pues con el “Reglamento de Gobierno”, ya existían elementos básicos de orden jerárquico, de institucionalidad y de continuidad de acciones. Con este proceso emergían también algunos elementos claves del nacionalismo.
El Dr. Francia, que en ese entonces (1813) ya tenía acumulado suficiente poder político, gracias al apoyo que recibía de las masas nacionalistas y populares (peones, chacreros, indígenas y campesinos), representó al denominado sector ‘jacobino’ o ‘revolucionario’ del proceso político paraguayo que seguramente tenia por base al Contrato Social de Rousseau. Una de las posturas radicales del Dr. Francia era rechazar sistemáticamente toda posibilidad de adhesión del Paraguay a Buenos Aires. El terrateniente Fulgencio Yegros, que personificaba a la elite nacionalista militar criolla, representaba justamente al lado opuesto a ese proceso ‘jacobino’ (Villaboy, 1991).
Uno de los aspectos más importantes y fundamentales que se debe rescatar del período gubernamental del Dr. Francia es el hecho de haberse creado las bases para la formación de un Estado moderno en el Paraguay. El Dr. Francia creó una especie de Estado Nacional Independiente, que fue importante para consolidar la emancipación y la soberanía en un momento delicado y hostil de las relaciones internacionales, y en eso seguramente se fundamenta su más extraordinaria obra política.
Durante la dictadura del Dr. Francia no se ha organizado de manera acostumbrada la dominación de clases. El Supremo, paradójicamente, rehusó y soslayó completamente a la clase considerada dominante, la de los terratenientes, criollos y españoles. El Estado que se formaba bajo las órdenes del Dr. Francia no correspondía a las relaciones de producción capitalistas, ya que impuso un sistema peculiar de economía, basándose inclusive en el trabajo de tipo colectivo (comunitario o comunista) realizado en las estancias de la patria. No se daba, pues, con el Dr. Francia un sistema que hubiera actuado como reproductora de las relaciones de producción capitalistas.
Teniendo por base el antiguo método de los jesuitas el Dr. Francia administraba los frutos del ‘Tupã-mbaé’ (propiedad colectiva). Cabe recordar que el tupã-mbaé en tiempos de los padres jesuitas servía para fines comunitarios, como por ejemplo para el sustento de las viudas, huérfanos, inválidos y ancianos. El ganado era también considerado de propiedad pública. En común también se trabajaba en la construcción de templos y casas (Vázquez, 1975). Por esas razones, la figura y el gobierno del Dr. Francia despertaron el odio y la animadversión de los mercantilistas de entonces (y seguramente de los capitalistas de hoy día).
El Dr. Francia, con su sistema particular de organización, no formó, entonces, un Estado en los moldes esperados por la clase dominante, la clase burguesa. No organizó un Estado burgués o capitalista clásico, sino que, al contrario, dentro del proceso de formación del Estado, ha favorecido a las clases más explotadas del Paraguay de entonces, como a los chacreros y campesinos en general, en franca y abierta contraposición a una clase burguesa, de terratenientes y criollos ricos, a quienes persiguió obstinadamente. Esta es la denominada ‘interpretación marxista’ del gobierno del Dr. Francia (Jara Goiris, 2004).
En lo que se podría llamar de un segundo momento de la historia de la independencia del Paraguay surgen las figuras de los López: Carlos Antonio y Francisco Solano López. A mediados del siglo XIX prevalecían en toda la Cuenca del Plata los gobiernos dictatoriales como el de Juan Manuel Rosas. En el Paraguay, Carlos Antonio López, creaba también un gobierno absolutista. Sin embargo, Carlos Antonio López puso término al aislamiento del Paraguay. Restableció el comercio con Corrientes y reabrió el Colegio Seminario Conciliar de San Carlos. Además, repuso el servicio militar obligatorio, pues, temía el espíritu anexionista del gobierno argentino. Para afrontar la propaganda periodística destructiva de Juan Manuel Rosas, López creó el primer periódico nacional “El Paraguayo Independiente”, siendo él mismo su redactor principal. El primer número salió el 26 de abril de 1845. Recién en 1852 la Argentina procedió a reconocer la independencia del Paraguay.
Es posible percibir que existió cierta continuidad histórica y nacionalista entre los gobiernos del Dr. Francia y de Carlos Antonio López. Lo que surge como diferente es la dejadez, por parte de López, del carácter ‘jacobino’ que caracterizaba al gobierno francista. Es decir, se fue perdiendo con el tiempo la preocupación igualitarista del Dr. Francia, caracterizada, por ejemplo, por una forma de socialismo agrario, representado emblemáticamente por las estancias de la patria. Con el gobierno de Carlos Antonio López se dio paso a una incipiente diferenciación social (ricos, clase media y pobres), que se fue consolidando paulatinamente. Los ‘nuevos ricos’ aparecen especialmente en torno del núcleo gubernamental del Palacio de Carlos Antonio López (Jara Goiris, 2004).
Cuando falleció el presidente Carlos Antonio López, en el mes de setiembre de 1862, su hijo Francisco Solano López, tenía 35 años de edad. En cumplimiento al llamado pliego testamentario constitucional, Carlos Antonio López había designado a su hijo el Bridagier Francisco Solano, para ejercer provisoriamente la Presidencia de la República, pero con la obligación de convocar prontamente a un Congreso para la elección del futuro mandatario. El Congreso reunido el 16 de octubre de 1862 consagró presidente al entonces general Francisco Solano López.
Algunos aspectos históricos que desde el Dr. Francia contrariaban al Paraguay no cambiaron nada, entre estos estaban los conflictos limítrofes con la Argentina y el Brasil que venían siendo postergados desde hacía largo tiempo, desde el periodo de las colonias españolas, casi 200 años atrás (Bethel, 1995). Ambos países siempre alimentaron proyectos expansionistas sobre el Paraguay. La Argentina pretendía la zona entre el Bermejo y el Verde; mientras el Brasil pretendía la zona comprendida entre el Blanco y el Apa. Solano López tenía la difícil misión de mediar un conjunto de circunstancias geopolíticas complejas, inciertas y peligrosas con las cuales jamás se había enfrentado otro gobernante paraguayo.
Recientemente la Presidente Argentina Cristina Kirchner denominó al Grupo de Artillería Blindada 2, de Rosario Tala, provincia de Entre Ríos, con el nombre de Mariscal Francisco Solano López. A pesar de las críticas que recibió la Presidente Cristina Kirchner por haber homenajeado a Solano López, se hace necesario hacer una defensa de López. En su pasaje por Buenos Aires, en 1859, Solano López ha conseguido del general Justo José de Urquiza la suspensión de las hostilidades que estaba llevando a la muerte a miles de ciudadanos argentinos, especialmente a los partidarios de Bartolomé Mitre. Como resultado de la tregua iniciada por Solano López se selló un pacto de paz el día 11 de noviembre de 1859, denominado de ‘Pacto de San José de Flores’. La firma de Francisco Solano López como único extranjero mediador del conflicto argentino consta al pie del pacto. Con este pacto se consiguió dar un punto final a la larga contienda entre el denominado ‘Estado de Buenos Aires’ y la entonces ‘Confederación Argentina’.
Solo este hecho ya puede hablar en favor del espíritu de generosidad y de profundo compromiso con la paz entre pueblos hermanos que se anidaba en la consciencia y la voluntad de Francisco Solano López. Apenas este pasaje de la historia ya puede demostrar su afecto y su amistad para con el pueblo argentino y en consecuencia le daría razón tanto a la Presidente Cristina Kirchner como al ejército argentino de recordar y homenajear la memoria del entonces general Francisco Solano López.
Después, entre 1865 y 1870, se instala la Guerra de la Triple Alianza, cuyas consecuencias fueron las más graves posibles para el Paraguay. La población muerta durante la guerra fue de 75,75% (606.000 personas) de un total de 800.000; sobrevivieron apenas 1,7 % de los hombres (14.000), de los cuales 9.800 eran todavía niños menores de 10 años (Chiavenato, 1990).
Con respecto a las causas de la guerra, el problema de fondo era económico-expansionista y se fundamentaba en que la clase dominante de Buenos Aires, como también la nobleza del imperio del Brasil, se prestaban para mantener una situación favorable a la industria británica que, en última instancia, era abastecedora de productos manufacturados e importadora de materia prima. No es por acaso que el territorio paraguayo quedó reducido a casi 40% de lo que era (Bethel, 1995). El Brasil se adueñó en la posguerra, en 1872, de todo el territorio entre el río Apa y el río Blanco. Territorio este que siempre ha tratado de conquistar. La astuta diplomacia brasileña evitó que la Argentina se apoderara de grandes extensiones territoriales. Sin embargo, los argentinos, en 1876, se quedaron dueños de la región de Misiones y del Chaco Central hasta el río Pilcomayo.
Jamás será suficiente recordar, explicitar y lamentar el caos y la desazón que se ha desatado sobre los paraguayos entre 1865 y 1870. Probablemente ningún país en ninguna guerra y en ningún lugar del mundo ha perdido más del 60 por ciento de su población y más del 40 por ciento de su territorio.
Además, por si fuera poco, los vencedores, firmantes de la Triple Alianza, mantuvieron al Paraguay ocupado militarmente hasta 1876 y al retirarse después de 6 años influenciando poderosamente la política del país, acorde a sus intereses, dejaron una República moldeada a su imagen y semejanza, o sea, sobre la base de una Constitución de tipo liberal-oligárquico, que concedía privilegios exclusivos a los extranjeros y el derecho a tener extensas propiedades (Vilaboy, 1991).
Lo que ocurrió en el Paraguay, en el período llamado liberal-oligárquico (1870-1914), es que bajo el mando y accionar de políticos de orientación ideológica liberal y sobretodo de políticos conservadores, especialmente de caudillos colorados, se formaron los monopolios, los dumpings y otros métodos ilícitos de apropiarse fácilmente de los bienes del Estado.
Después, ya en la década del 30, como por obra del infortunio, otra guerra, la Guerra del Chaco (1932-1935), vino casi a diezmar más una vez a la sufrida población paraguaya. Eduardo Galeano (2001, p. 28) escribió: “Están en guerra Bolivia y el Paraguay. Los dos pueblos más pobres de América del Sur, los que no tienen mar, los más vencidos y despojados, se aniquilan mutuamente por un pedazo de mapa. Escondidas entre los pliegues de ambas banderas, la Standard Oil Company y la Royal Dutch Shell disputan el posible petróleo del Chaco. Metidos en la guerra, paraguayos y bolivianos están obligados a odiarse en nombre de una tierra que no aman, que nadie ama: el Chaco...”.
Al término de la guerra, el saldo total de muertos superaba a un número de 90.000 víctimas. Murieron alrededor de 35.000 paraguayos y 55.000 bolivianos. El Paraguay movilizó a 150 mil hombres y Bolivia a 200 mil. Cayeron prisioneros 25 mil bolivianos; el número de prisioneros paraguayos llegó a 2.500 hombres (Chiavenato, 1980). Además, ni Paraguay, ni Bolivia fueron favorecidos por el Tratado de Paz, que se les obligó a firmar. El Paraguay, hipotético vencedor militar, llegó a tener 246.150 kilómetros cuadrados en el Chaco, pero tuvo que dejar 31.500 kilómetros cuadrados que ya había conquistado militarmente. La paz con Bolivia fue firmada el 21 de julio de 1938, fijando los límites finales más atrás de las líneas militares paraguayas en ese entonces, pero ganando por cierto bastante territorio nuevo a los bolivianos aunque no se logró retener el río Parapití como frontera.
Además, desde el punto de vista interno, la Guerra del Chaco va a alterar profundamente las relaciones entre Estado y Sociedad, no solamente porque va a surgir el militarismo para adueñarse del Estado paraguayo sino que van a surgir también las inestabilidades políticas y las revoluciones, como la tristemente célebre revolución de 1947.
Después de la Guerra del Chaco se inició el acceso de las Fuerzas Armadas en el sentido corporativo, como factor político determinante y el actor principal en el control del Estado. Los ejemplos paradigmáticos del militarismo en el Paraguay fueron las dictaduras de Higinio Morínigo y Alfredo Stroessner. Por acción del militarismo el antiguo y clásico Estado oligárquico del siglo XIX estaba siendo substituido por un Estado capitalista, también burgués y oligárquico, pero mucho más centralizador y desmesuradamente corporativista.
Los gobiernos autoritarios se sucedieron en el poder gracias a la eficacia de la hegemonía que desarrollaban. El militarismo, haciendo gala de la cultura autoritaria que le es peculiar y dando continuidad a la cultura del sometimiento, desarrolló en el Paraguay un peculiar proceso de hegemonía por vía de la dominación coercitiva.
En ese contexto, los gobiernos militaristas implementaron un sistema oligárquico, sustentado en el prebendarismo clientelista, donde el Partido Colorado era la forma de enlace con la Sociedad Civil. El consenso era obtenido por métodos hegemónicos sustentados principalmente en la coerción, en la fuerza; pero sin restarle valor a la hegemonía ideológica que no utilizaba la fuerza sino el convencimiento (Lewis, 1986).
En tiempos del Presidente Alfredo Stroessner el Estado conseguía el consenso no solamente mediante el uso del poder militar coercitivo (reprimiendo, encarcelando y torturando a ciudadanos indefensos) sino también de los medios de comunicación hegemónicos como La Voz del Coloradismo y la acción de convencimiento desarrollado por los propios educadores favorables al régimen en las escuelas, colegios y universidades del Paraguay. Las escuelas, los colegios, los centros de cultura, las universidades, la iglesia, los medios de comunicación, las organizaciones de la sociedad civil, en fin, todos estas esferas privadas de la Sociedad Civil, como lo ha denominado el pensador Antonio Gramsci, han sido inundadas y contaminadas, con raras excepciones, por el proceso ideológico y hegemónico con miras a obtener el consenso en favor del mantenimiento en el poder de la clase dominante y del militarismo. Desventuradamente, con este proceso, se perpetuó también en el Paraguay algunos aspectos de la cultura política no democrática: como la cultura autoritaria y la cultura del sometimiento. Así, el Estado militarista (aliado a una burguesía fraudulenta), en más de cincuenta años de existencia en el Paraguay (1936-1989), ha ofuscado y atrasado el desarrollo de los más diversos aspectos culturales, técnicos, científicos, políticos, sociales, etc. que resultaron en un evidente desfase entre la modernidad y la situación de atraso del Paraguay.
El saldo de treinta cinco años de dictadura stronista era un país en bancarrota económica y moral. Hasta la misma transición política, iniciada en 1989, con la caída del gobierno de Stroessner, ha sido contaminada por el militarismo. Dentro de este proceso se ha notado que lo viejo permanecía dentro de lo nuevo, muy especialmente la burguesía fraudulenta continuaba con su accionar clientelista. José Nicolás Morínigo llamaba de Democramau a la democracia paraguaya del pos-stronismo; es decir, como los automóviles irregulares blanqueados por el Estado, la democracia era un proceso con avances político-institucionales, pero sin avances sociales. Es decir, era una transición incompleta, fragmentaria y falseada.
La transición política que se operaba en el Paraguay era apenas formal e institucional (se juró una nueva Constitución, se realizaron elecciones generales, municipales, etc), pero la agenda transicional no incluía la lucha contra la pobreza, es decir, no contenía elementos de democracia social. La cultura política tampoco sufrió cambios fundamentales durante la transición. No llegaron a invertirse algunos valores negativos antropológicos y sociológicos que la historia paraguaya viene arrastrando.
Los ejemplos de permanencia de la cultura autoritaria en el Paraguay son numerosos: la educación pública continúa siendo tratada como un proceso fastidioso y de prioridad subalterna; los cargos del Estado siguen siendo ocupados sin concursos públicos; los campesinos son todavía ilotas como aquellos seres humanos sin derecho que vivieron en la antigua Esparta; los guaranihablantes continúan su vía crucis cultural segregados por una elite sea de cualquier partido político; los indígenas permanecen en su andar letárgico y abandonados por las políticas públicas del Estado; las maestras de campaña, los desvalidos y los ancianos continúan acuciados por la indiferencia, la ausencia de previsión social y el preconcepto.
La democrática elección del progresista Fernando Lugo como Presidente de la República vino justamente para oponerse a todo este largo proceso de arraigo de la cultura política autoritaria. Sin embargo, en el Paraguay viene ocurriendo todo lo contrario a lo preconizado por las tesis progresistas y libertarias. Es decir, las elites dominantes tratan de desprestigiar a la Sociedad Civil que brega por la democracia. Mismo ciudadanos comunes y humildes, paradójicamente, asumen una postura elitista y conservadora a tal punto de oponerse ferozmente a movimientos e ideas progresistas. Se busca por todos los medios, inclusive por la prensa dominante, de denegrir y menoscabar a los luchadores sociales, a los que se oponen a la descomposición ética perpetrada por aquellos que nunca quisieron la justicia social. Los campesinos son tratados como extraviados y los izquierdistas como cuatreros y secuestradores.
La explicación más coherente para la resistencia al cambio de la cultura política en el Paraguay, es decir, al cambio de la vertiente no democrática de la cultura es que la nación paraguaya viene cargando a cuestas más de 150 años de gobiernos autocráticos y represivos que modelaron la conducta y los valores del ciudadano común. El militarismo por ejemplo tuvo una vida útil que superó los 50 años. El Paraguay jamás conoció lo que se llama de cultura democrática; es decir, una cultura que preconiza una opción radical por la participación, la deliberación y el diálogo, en su más amplia expresión.
Por estas condiciones adversas de la cultura y de la vida social paraguaya resulta trágico, pero también comprensible, escuchar los discursos y propuestas de una elite política sin ningún compromiso con la comunidad. Se continúa viviendo en el Paraguay bajo el sistema de ‘comando-obediencia’ o de ‘amigo-enemigo’. Son dicotomías infaltables en un universo desprovisto de soportes científicos y todavía dependiente del clientelismo prebendarlo impuesto por un antiguo sistema político conservador.
La socióloga Milda Rivarola presenta un enunciado cargado de verdad: "Este país, en donde se dan tiempos históricos muy lentos y particulares, tuvo un desarrollo muy precoz de dictaduras totalitarias que dejaron actualmente una sociedad disgregada y apática, parecida a la de los países de la ex Cortina de Hierro”. De la misma forma, tiene razón Francisco Delich cuando asevera que: ‘Paraguay es el cementerio de todas las teorías socio políticas’, si no ¿cómo entender que con tanta pobreza no exista una marcada presencia de movimientos de izquierda o una fuerte tradición revolucionaria?”. (in Criscaut, 2010)
De cualquier modo, al finalizar el gobierno de Fernando Lugo algunos cambios positivos en la cultura política no democrática ya podrán ser observados en el Paraguay. En primer lugar hubo un cambio en la mentalidad popular, especialmente en la masa de campesinos. Cualquier gobierno que acceda al poder en el Paraguay va a tener que considerar con toda atención el tema de los campesinos sin tierra, el tema de la agricultura familiar, si es que no quiere enfrentarse a una masa cada vez más organizada y dotada de mayor conciencia ideológica. Esta consciencia hasta entonces maniatada se desarrolló enormemente durante el gobierno de Lugo.
Además, otro cambio ocurrió en el seno de las masas populares urbanas. Estas ya crearon una cultura política democrática donde perciben que gobiernos populares como el de Fernando Lugo asumen un verdadero compromiso de desarrollar políticas públicas de combate a la pobreza. La recuperación económica de la mayoría de los países de América Latina y el Caribe tras la crisis financiera internacional permitió a la región volver a disminuir la pobreza. Paraguay mostró uno de los mejores índices, de 58,2 % disminuyó a 56%, destacó en Santiago la Cepal en su Panorama Social 2010. Según el documento, la combinación entre el aumento en los ingresos laborales de los hogares pobres y las transferencias públicas orientadas a aminorar el impacto de la crisis, permitió reducir la desigualdad en la región. (Diario Última Hora, 30/noviembre/2010). Cualquier gobierno que ocupe el poder tendrá que implementar políticas públicas en esta línea; es una imposición oriunda de una nueva cultura política, esta vez de tipo democrático.
Por fin, el bicentenario sorprende a Paraguay viviendo en un ambiente de esperanza y optimismo. En primer lugar por su notable avance económico. El Producto Interno Bruto (PIB) de Paraguay creció 14,7 % entre diciembre de 2009 y de 2010, siendo el mayor incremento registrado en la historia de la economía del país, de acuerdo al Banco Central. Resta saber si la clase política en conjunción con los estamentos dominantes de la Sociedad Civil sabrá distribuir estos avances mirando la situación de carencia y abandono en que vive gran parte de la población. En segundo lugar porque los festejos del bicentenario se realizan en medio a un contexto de relativa armonía, lejos de gobiernos autoritarios y despóticos, lo que ratifica la esperanza de los paraguayos en un futuro que institucionalmente defienda la democracia y simbólicamente resguarde los valores de la solidaridad social, la hermandad y la tolerancia. Dios guarde a la patria.
Bibliografía:
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2. CARDOZO, E. Breve historia del Paraguay. Editorial El Lector, Asunción, 1996
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5. CRISCAUT, A. La disritmia paraguaya: A dos años de la elección presidencial de Fernando Lugo. Le Monde diplomatique; Dipló Nº 130; abril 2010
6. GALEANO, E. Memoria del Fuego 3: El Siglo del Viento, Editorial Siglo XXI, 2001.
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11. VÁZQUEZ, J.A. El doctor Francia visto y oído por sus contemporáneos. Editorial universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires, 1975
12. VILABOY, S. G. Paraguay: de la independencia a la dominación imperialista. 1811-1870. Carlos Schauman Edit. Asunción, 1991
Fabio Anibal Jara Goiris, es paraguayo, profesor de la Universidad Estadual de Ponta Grossa (UEPG) y Máster en Ciencias Políticas por la Universidad Federal do Rio Grande do Sul (UFRGS). Autor de los libros: “Descubriendo la frontera: (1999), “Autoritarismo e democracia no Paraguai contemporáneo”, Editora de la Universidad Federal do Paraná, UFPr (2000) y Paraguay: Ciclos adversos y cultura política, Editora Servilibro, Asunción, 2004. Es miembro correspondiente de la Academia Paraguaya de la Historia.