Cuando los medios periodísticos o cualquier persona nos referimos a esos niños que a diario deambulan por las calles tratando de ganarse el pan que sus padres no son capaces de ganarlo, decimos los niños de la calle, cuando en realidad debería ser, los niños en las calles, pues esos niños, no son de la calle, son niños que están en las calles porque no les queda otra opción desde el momento en que sus padres, si es que los tienen, son por lo general personas inutilizadas por el excesivo consumo de alcohol que les impide cumplir con su rol de padres.
Ante esta realidad, a los niños no les queda otra opción que salir a las calles a rebuscarse, y por supuesto, a exponerse a los peligros que están al asecho, y que por lo general tienen nombres bien definidos como, drogas, delincuencia, mala influencia, ignorancia y mediocridad que termina por derivar en falta de sentimientos y perdida de la sensibilidad hacia los valores humanos.
Esta situación que viven los niños en las calles, que los convierte en la mayoría de las veces en potenciales delincuentes, y por ende indeseables para la sociedad, hace que las personas que se precian de pertenecer a la misma, los marginen y los condenen sin contemplaciones, convirtiéndose en jueces y verdugos de quienes, de manera tácita, claman por ayuda y comprensión para que puedan salir de la triste situación en que se encuentran y ser útiles a la sociedad que les niega el derecho de ser parte de ella.
La toma fotográfica obtenida en la fría mañana del pasado lunes 4 es una muestra elocuente y a la vez patética de la triste situación que le toca vivir a los niños que hicieron de las calles su hogar. Como se puede notar, dos niños dedicados a juntar latitas de aluminio, no encontraron mejor manera de pasar la noche y guarecerse del frío que instalándose en una vereda, bajo un árbol y encendiendo una fogata con improvisada leña, tapándose con una delgada frazada y acurrucados uno al otro, sin importar que el producto del trabajo del día, es decir las latitas, les puedan ser sustraídas por otros que se dedican a la misma actividad y que quieran aprovecharse de la situación.
A cualquier persona sensible a los valores humanos le deberá llegar hondo esta estas imágenes, pues no debe olvidar, que mientras sus hijos descansan sin preocupaciones bien abrigados en una cama bien calentita, hay hijos de otros que lo deben hacer en alguna vereda, como en este caso, y exponiéndose a los peligros propios del crudo invierno y de la calle.
Es por eso que decimos, que esta es una cruda realidad, sin solución aparente, a la cual todos le dan las espaldas, comenzando por el propio Gobierno central.