¿Quienes eran los “mensú”? ¿Qué hacían? ¿Por qué eran llamados de esa forma? ¿Era una sociedad privilegiada, o desgraciada…? ¿Dónde vivían o de donde venían?
Por definición el mensú es: el nombre que recibía el trabajador rural de la selva en la zona de Paraguay y las provincias argentinas de Corrientes y Misiones, y en particular el trabajador de las plantaciones de yerba mate. El término de origen guaraní, proviene de la palabra española "mensual", referida a la frecuencia del pago del salario.
Hasta acá todo bien o “normal”. Sin embargo, a aquel que conoce la historia del mensú, la sola mención de la palabra, inmediatamente le trae a la mente la imagen de personas trabajando en las mas míseras condiciones en las selvas del Alto Paraná, en estado de semi esclavitud, o mejor dicho de esclavitud solapada padeciendo toda clase de penurias.
El origen de esta práctica tiene lugar en la segunda mitad de los años 1870, unos pocos años después de finalizada la fatídica Guerra de la Triple Alianza que dejó al país en ruinas. Dada la desesperante situación económica, era imperiosa la necesidad de conseguir capital para impulsar de nuevo la economía. Fue por esto que los gobiernos de turno vendían enormes cantidades de tierras a precios casi de regalo a empresarios, generalmente brasileros y argentinos.
Así nacen los inmensos yerbales del Alto Paraná.
La ciudad de Itakyry, ubicada a 120 kilómetros al norte de Ciudad del Este, fue escenario de hechos de cruel explotación y miseria, que pocos conocen a profundidad. La historia de todo un pueblo que vivió explotado en sus tierras, con la aprobación de la Ley de subaste de Tierras de 1885.
La relación laboral entre la empresa y el “mensú” no estaba dada por un salario fijo, sino que los peones eran contratados en las ciudades o pueblos vecinos bajo “medias verdades”. Les ofrecían de entrada un adelanto de dinero que inmediatamente era gastado en los negocios, bares clandestinos y burdeles del lugar, quedando de esta manera atados ya de antemano por el compromiso asumido sin todavía trabajar. Una vez en el obraje, el “mensú” debía proveerse de todo lo necesario para su estadía y lo hacía abasteciéndose en los comercios que por lo general pertenecían también a los mismos dueños de las tierras, que les vendían los productos a precios dos o tres veces mayor al habitual, anotados por supuesto en la “libreta”.
A todos les pasaba lo mismo, por mas que trabajasen todos los días de su vida, solo ganaban para salvar los gastos de la comida y de ese poquito de olvido que era la caña. Las ropas costaban mas de diez veces su valor real. Por eso la deuda del anticipo quedaba siempre intacta. Estaba allí para maniatar al menú. Era el aparejo con lo que lo tenían dominado. Ya no lo soltarían. Solo bajo tierra podían zafarse de ella.
El yerbal era inmenso. Ninguno conocía sus límites. El poder del capataz se extendía implacable sobre toda la extensión del feudo, a través de mayordomos y capangas…
Nadie lograba escapar con vida de los yerbales de Tacuru Puku. De modo que pocos soñaban con eso. La leyenda solo aumentaba cuando un desertor o “juido” quedaba a medio camino de su libertad pescado por los colmillos de los perros y los Winchester de los capangas.
A veces alguno volvía medio muerto delante de los caballos, atados con cuerdas a sus cuellos por un extremo y el otro en manos de los sus captores, para terminar estaqueado, es decir, les ataban las mano y los pies con tiras de cuero mojado sobre los tacurú pucú (hormigueros). Una vez que el cuero se secaba, al retraerse les cortaba la piel de las manos y los pies, y las hormigas hacían el resto, ante el terror impotente de sus compañeros.
Todos estaban bajo el poder de las balas, el cuchillo o el látigo.
La vida no valía absolutamente nada y se les iba día a día en el acarreo del raído, que envolvía a las mas de ocho arrobas que cargaba sobre sus espaldas desde las plantaciones por leguas y leguas y si tenemos en cuenta que cada arroba equivale a 11 kilos y 502 gramos, vemos que aquellos hombre escuálidos, mal alimentados y muchas veces enfermo, trasportaba mas de 91 kilos en cada acarreo, de sol a sol y todos los días del año, con un solo día de descanso; el Viernes Santo.
Alguien dijo alguna vez: “…no he encontrado un solo tarifero (sic) que después de diez años de tan bestiales tareas haya permanecido en condiciones de acometer cualquier empeño que demande el menor empleo de energías. Físicamente deformados, consumidos, lastimados, como ellos dicen con acento y miradas impregnadas de profunda tristeza, quedman reducidos, en la flor de la edad, a ruinas vivientes, a verdaderos andrajos sociales”.
Esta práctica se va desdibujando hacia los años 50 del siglo XX.
El inmortal Mauricio Cardozo Ocampo evoca este triste episodio de nuestra historia en su canción “Yo soy purajhei” en la siguiente estrofa
Yo soy la triste y doliente queja
de los yerbales sin fin,
el clamor de los «mensú».
Y llevo en mi maleta de ensueño
romance de un arribeño
que ronda el Mbaracayú.
Para Augusto Roa Bastos, nuestra mas laureada e insigne pluma tampoco le fue indiferente este doliente capítulo y lo plasmó en una de sus novelas mas exitosas; Hijo de Hombre, la que recomendamos leer si desea saber mas acabadamente acerca de la nefasta y desgraciada vida del “mensú”.
( foto : El mensu)
Imagen en una plaza de Capitan Bado
Departamento del Amambay
República del Paraguay